En Argentina existe una oligarquía relacionada al campo; si se la elimina el país encontrará su sendero de desarrollo. Previo a Perón, la industria argentina era pequeña y débil. Los aumentos de precios se deben a que los oferentes se encuentran concentrados. Alternativamente, se deben a las actitudes de los formadores de precios (los empresarios). En la última década se ha dado una repolitización de la juventud. En la década menemista se destruyó a la industria argentina. Cada uno de estos son mitos argentinos, verdades que quien las enuncia considera que no es necesario justificar, a pesar de que toda la evidencia las declara falsas. Sin embargo, ninguna de ellas entra en el catálogo de Alejandro Grimson, Mitomanías argentinas.
El libro es una idea interesante pero mal ejecutada. Pequeños textos, de una o dos hojas, sobre algo menos de 80 supuestos mitos. El primer problema es que muchos no son tales, nadie cree en lo que se enuncia. Por ejemplo, el primero: "la Argentina es un país europeo". Puede ser que alguien haya pensado así, o algo semejante, hasta la mitad del siglo pasado, pero ¿alguien realmente hizo esa afirmación desde entonces? O "la Argentina debería tener la extensión del Virreinato del Río de la Plata". ¿Quién hizo esa afirmación alguna vez? Yo es la primera vez que la escucho. Puede ser que haya algún perdido por ahí que piense así, pero ciertamente no tiene calidad de mito. Otros no son mitos porque son ciertos: "la Argentina tiene una madre patria: España". ¿Mito? Otros, porque la afirmación es absurda: "el teléfono es uno de los impuestos más caros". What the fuck? La verdad es que el listado y las explicaciones parecen ser elaborados en muchos casos por un estudiante secundario, no por un doctor en antropología, encargado del Instituto de Altos Estudios de una de las más prestigiosas universidades argentinas. Una pequeña prueba de que la decadencia de la educación superior argentina no es un mito. Tampoco la de la prensa escrita agentina: dos diarios importantes, La Nación y Página/12, le dedicaron entrevistas de página entera al autor.
Claro, no se puede esperar mucho en términos de coherencia y rigurosidad de alguien que declara en la introducción que los dichos no hay dos sin tres y la tercera es la vencida "afirman exactamente lo contrario". Por otro lado, las motivaciones parecen loables: superar las dicotomías simplificadoras, buscar justificaciones y argumentaciones más elaboradas, disminuir las pasiones frente a la razón, son todas actitudes que alentamos. Lástima que el autor se limite a enunciarlas y a cubrir sus pasiones, dicotomías y prejuicios bajo un manto de civilidad. Por momentos, no parece más que una versión académica de las zonceras de Aníbal Fernández. En otros momentos, no deja de contradecirse a sí mismo: la abundancia de mitos por nuestros pagos, ¿no es argumento que justifica algunos de los supuestos mitos: "qué mierda de país", "la Argentina no puede desarrollarse debido a la idiosincracia de los argentinos", o "América Latina es Macondo"?
Por momentos, el propio relato, su agenda política,
se le cuela y lo deja en evidencia. Déjenme reproducir un par de párrafos, que
supuestamente explican el mito de “me afanaron, o la fábula del fueron ellos”. “Un
adolescente no encuentra su celular, su MP4, sus 10 pesos. Piensa: “Me afanaron”.
Siente una falta: perder el celular, como sostiene Rosalía Winocur, es perder
una parte de sí mismo, sus contactos, sus redes. Se desespera, igual que un
adulto. Asume que se lo robaron; nunca que se lo olvidó, que se le cayó o que
está en otro cajón.” Y: “Imaginemos a una persona obsesionada con la inseguridad.
Imaginemos que ha vivido pésimas experiencias. Tiene pánico por lo que le
sucedió en la realidad, no por la tan mentada “sensación” de miedo. Imaginemos
que, para su tranquilidad, esa persona ha adquirido una vivienda en un barrio
privado y que, para expresar su sensación de libertad, le ha regalado a su hijo
de diez años un cuatriciclo. No hace falta imaginar a este niño que conduce un
vehículo a motor, porque se lo puede ver en balnearios exclusivos de playas
bonaerenses o en los countries del Gran Buenos Aires. Por el extraño mecanismo
de desimplicación, esos niños no provocarían inseguridad, ni siquiera para sus hermanos
menores ni para ellos mismos. ¿Cómo ha sido posible esto? Se trata de una
operación cultural por la cual ningún juego o acción de las clases acomodadas
produce inseguridad. Inseguridad es algo de lo cual estas clases sólo pueden
ser víctimas. Si esos niños dañan a otro, habrán cometido un error de conducción.
Si matan a un niño pobre de tez oscura, como plantea la película La mujer sin
cabeza, de Lucrecia Martel, será un descuido. Cuando la fatalidad proviene de
un acto realizado por “nosotros” (por uno de los nuestros), se trata de un
error; cuando proviene de “los otros”, es porque son como son. Ahora imaginemos
un país que actúa como esos padres. Una parte de nuestra cultura argentina, la
peor por cierto, funciona de ese modo”. Disculpen la larga cita, pero no sé cómo
trasmitir la pelotudez de este tipo: ¡desimplicación!, ¡sensación de miedo!,
¡expresar su sensación de libertad!, ¡cómo no distinguir un delito de una
negligencia!
Otra tontería es el último “mito”: “hay que
igualar hacia arriba”. “Así puede entenderse que la frase no tiene sentido,
porque niega que la desigualdad es lo que es: una relación entre partes con
ingresos distintos. En todo momento, sólo se puede igualar llevando a todas las
partes un poco más cerca del medio o, dicho de otra manera, reduciendo la
brecha entre los ingresos altos y bajos (considerándolos después del pago de
los impuestos y de la ejecución del gasto público).” La tontería está en que
nadie afirma esa frase pensando en un momento particular, sino en una evolución
o dinámica, en cuyo caso ya no es condición necesaria la redistribución.
Bueno, el libro es así: con falencias lógicas,
abundante en tonterías, con prejuicios y resentimientos ocultos, políticamente correcto, pequeño burgués. No meterse con la mitología kirchnerista (Nestornauta!!) implica otro mal: la cobardía. El epílogo contiene la clave: “puede decirse que hay mitos que promueven la
democracia y la igualdad, pero no son los mitos que abordamos en este libro”. Es
decir, hay mitos buenos y mitos malos. En ese sentido es un libro profundamente
kirchnerista: también hay mentiras, crímenes y tiranos buenos y los hay malos.